RAICES ARRANCADAS

Actualmente, al igual que hace unas décadas, sobre nuestros medianos y pequeños núcleos rurales soplan “vientos huracanados”, que a su paso van arrancando raíces y dejando un rastro de marginación, de impotencia y sobre todo, de silencio. Es un silencio implacable que conquista posiciones en los puntos más estratégicos: escuelas, calles y plazas, en tierras de labor, en montes, en pastos y en pequeños centros industriales.

Entonces fue la emigración masiva a la ciudad donde se concentraba la expansión industrial. Hoy los temores los despierta toda una serie de siglas surgidas en las famosas negociaciones de la Ronda de Uruguay, de Bruselas, como GATT, PAC, OCM…

Inmerso en estas consideraciones se apodera de mí la nostalgia y ésta me impulsa a evocar in situ la trágica dimensión de tanto desarraigo. Sin pensarlo más me dispongo a viajar hasta uno de esos pueblos abandonados. En el trayecto he de abandonar la carretera comarcal y adentrarme por lo que en su día fue un proyecto inconcluso de continuidad de esta vía y que habría de dar acceso a la localidad que me dirijo. Actualmente cumple como pista forestal hasta donde fue interrumpido su trazado. A partir de ahí inicio la marcha a pié y he de remontar una pequeña colina hasta avistar en la hondonada un conjunto de edificaciones que desde aquí arriba dan la sensación de estar muy apiñadas.

Debido a la espesa vegetación de retamas, brezos y estepas, tardo un buen rato en dar con lo que imagino fue el camino o vereda principal que enlazaba con la carretera comarcal. Es una senda que discurre en zig-zag salvando la empinada bajada. Hay tramos que las zarzas han invadido anárquicamente hasta tal punto, que me veo obligado a dar un pequeño rodeo. Dirijo la vista a mi izquierda y no muy distante se ve una masa forestal en la que se mezclan robles, hayas y algunos enebros.

Continúo el descenso y me encuentro a un lado y a otro del camino varias eras. Enfrente en la ladera de un pequeño collado también se divisan más eras, son como grandes dentelladas dadas a la montaña para obtener estas superficies planas y semicirculares, donde se alzaron tantas ablentadas henchidas de grano, paja y esperanza… Tomo asiento al margen de una de ellas y el airecillo que percibo me hace pensar en la acertada orientación de las mismas, ya que el viento siempre fue un factor importante en estas labores de la trilla. También pienso en el aspecto bucólico de estos espacios donde se amontonaba la mies y la paja, tópicos lechos de escarceos y juegos de amores.

Reanudo la bajada y llego a las primeras casas donde llama mi atención una pared de adobes y entramado asimétrico de madera que desafía la ley de la gravedad. Los adobes por la acción del viento y la lluvia dejan entrever sus esqueletos de paja y la madera aparece surcada y escarnecida por los mismos elementos. Esta primera impresión es como el cartel anunciador de lo que apreciaré en mi recorrido.

Me dirijo hacia la iglesia que se halla en lo alto del pueblo y una elevada torre de cuencas vacías de yugo y bronce, se me antoja el símbolo del más profundo silencio. Queda a un lado una desconchada esfera de reloj de agujas inertes en posición desgarrada, tal vez su última hora marcó el inicio del abandono.

Adosado a un lateral de la iglesia “sobrevive” un cementerio. En el desbroce de un trozo de tierra se alza perpendicular una cruz y al pié se conserva aún sin marchitarse un ramo de flores. Es señal evidente de que alguien se resiste al abandono total.

Deambulo por las calles, muchas de ellas cortadas por los derrumbamientos y encuentro esquinas que al foráneo, sirvieron como punto de referencia, de parapeto a los niños en sus juegos y horizonte de presencias que ya no delimitan nada.

Veo ventanas que no miran, apriscos, tainas y cuadras abiertas a la desbandada.

Ahora mi atención la atrae una planta baja que difiere por sus amplias dimensiones del resto de las otras construcciones colindantes. Una puerta entreabierta de anchas hojas y enormes goznes me facilita el acceso al interior. El local está dividido en dos salones grandes y dos pequeños. Encuentro claros vestigios de que esto fue la escuela, en un tramo de tarima que las corrientes de aire tienen barrido, se aprecias manchas de tinta. Hurgo en un desvencijado cesto que hay en uno de los cuartos pequeños y entre los amarillentos y cuarteados papeles encuentro la pasta de un libro de fábulas de Samaniego y un raído manual de urbanidad en el que a pesar de su mal estado aún puedo leer el nombre de su autor, Antonio Carreño. Por un momento cierro los ojos y trato de imaginar esas dependencias llenas de niños gritando vida en el pueblo con sus lecciones recitadas en conjunto y sus salidas atropelladas al recreo o al terminar las clases. Seguro que estas fueron las primeras raíces que se arrancaron.

Abandono el recinto y continúo andando hasta dar salida a una explanada de ciertas dimensiones donde se aprecia un empedrado de esmerado trazado a pesar de la hierba que ha crecido entre sus juntas. No hay duda de que se trata de la plaza. Lo confirman esos bancos que bordean el espacio a base de pies de piedra en los que se apoyan unos gruesos tablones de roble y una frondosa morera que se alza casi en el centro. Me siento en uno de ellos y tengo la sensación de encontrarme en otro de los lugares en los que el silencio es mucho más silencio, al ser uno de los puntos vitales de la población, en sus buenos tiempos. Me doy media vuelta en el asiento y dada la proximidad, alcanzo a ver una casa que al hundirse una parte de la fachada, ha dejado a la vista la “radiografía” de su interior y son cuatro compartimentos repartidos en dos plantas. En uno se distingue la pila de una fregadera y un escurreplatos colgando de una esquina. En la dependencia contigua se ve un banco o escaño de grandes paneles en su respaldo, este era el mueble por excelencia que abundaba en las cocinas de nuestros puebles, Seguramente su voluminosa envergadura y su inutilidad en un piso de la capital fuera el motivo de su abandono. Los otros dos cuartos se hallan vacíos y pudieron ser alcobas o habitaciones.

Ahora dirijo mis pasos hasta las afueras y sigo un verde regato que parte de una charca rodeada de juncos y ortigas, que me conduce a una fuente de pilón alargado. Al ver que sus aguas manan desparramadas, culpo al hielo de haber reventado su cañería principal, pues su caño solo escurre un hilillo, el resto va arrastrando su recubrimiento de cemento, borrando parcialmente unas iniciales y fecha grabados en él.

Echo una mirada alrededor antes de emprender el regreso y hay una desolación y silencio que abaten. No puedo por menos de recriminar a todo y a todos los que contribuyen ahora y permitieron entonces arrancar tan ¡hondas raíces!.

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AQUELLOS PRIMEROS CHAPOTEOS….

El calor, que aunque tarde ahora se empieza a sentir, a mi me sirve para “refrescar” la memoria y recordar aquellos primeros chapoteos en el río y en el pantano. Me remonto a los últimos años de 1950 y primeros de 1960, concretamente en la edad escolar.

Había cuatro puntos localizados para estas incursiones en el agua. En el río Alberco dos, en Río Seco, uno y luego el pantano que ya estaba embalsando.

Los del río Alberco se llamaban, el Pozo del Curita y el Pozo de los Avellanos. El del Curita tenía su enclave al inicio de su paso por el casco urbano y consistia en interrumpir su caudal, con una hilera de piedras, alcanzando una profundidad, que podría cubrirte un poco más del tobillo y te podías meter incluso sin descalzarte.

El Pozo de los Avellanos, situado a unos ochocientos metros cuenca arriba y en pleno monte, ya tenia otras dimensiones, sobre todo de profundidad, en lo que llamábamos la cazuela. Este lugar ya estaba “más trabajado” pues a base de piedras y termones se construía un pequeño dique, que servia para alcanzar la capacidad antes referida. Lo que sí estaba garantizada es la frialdad del agua, aún me dan escalofríos cuando lo recuerdo, la parte sumergida no llegabas a sentirla en un buen rato. Es curioso que esta baja temperatura, no produjera algún corte de digestión, pero no recuerdo ningún caso, claro, que por entonces las digestiones eran bastante “ligeras”…

Otro aspecto de aquellos baños, es el de considerarlos -solo para chicos- ya que se prescindía de todo atavío. Entre la indumentaria de ropa interior, los más pequeños llevábamos una especie de faja que se llamaba “justillo” y se ataba  con un cordon,  necesitando ayuda de algún compañero para sujetarlo a la hora de vestirte o corrias el riesgo de traértelo a casa en bandolera.  La utilidad de esta prenda no mereció mi curiosidad pero ahora me pregunto, si en plena época de la posguerra, se trataba de disimular un principio de raquitismo o que no se te desarrollara mucho el estómago por si no había con que llenarlo…

El pozo en Río Seco se llamaba “Pucheruelo”,  estaba situado en un espacio abierto y soleado pero no era frecuentado, yo creo que por lo del espacio “abierto” y los rumores de que había muchas culebras.

Después  empezamos a bajar al pantano, que ofrecía unas cotas de embalse importantes y, de los chapoteos en los pozos, pasamos a los intentos de aprender a nadar. Se continuaba prescindiendo de la ropa, aunque ya se daban casos de emergencia, ante el aviso de la aproximación de alguien, que pudiera ser del sexo opuesto. La emergencia nos hacía recurrir precipitadamente al calzoncillo, pero no resolvía totalmente el problema, ya que del material textil con el que estaban confeccionadas esta clase de prendas, a su contacto con el agua se convertían en lo que hoy la moda califica de transparencias. En resumidas cuentas, que si la presencia anunciada era real, la permanencia dentro del agua era obligada hasta que la visita se fuera o desapareciera la alerta.

Ante esta clase de eventualidades, tomar medidas de recato se imponía, trajes de baño, bañadores, etc. En mi caso, como no eran tiempos para dispendios económicos en la familia, alguien en casa recordó, que la prima Martina, una vez que vino de Barcelona, allá por la década de los 30, dejó guardado en un baúl un traje de baño, no un bañador, un traje de baño en toda la extensión de la palabra. Parece que lo estoy ahora viendo, de lana color burdeos. Para guardar un recato total solo le faltaba la bufanda. Bien, era cosa de probarlo y como no podía ser de otra manera (expresión  ahora muy utilizada) fue en el pantano. Ya dentro del agua flotar se hacía casi imposible, aquel atavío de lana empapaba agua como si fuera una gran esponja… ¡ calla! que las polillas habían abierto en la lana dos o tres vías de achique y eso me salvó de irme al fondo.

Este afán por el recato y con aquella experiencia, me dejó marcado ¡tanto!… que unos años después, cuando se instaló en casa una ducha y aunque estaba solo, el estreno lo hice con el bañador puesto.

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NAVIDAD EN EL BOSQUE (Cuento)

Nota.- Este cuento fue presentado por mi hija Raquel al concurso provincial denominado “Cuentos de Navidad 1993″ que organizaba y promovía la Consejería de Cultura, Deportes y Juventud, consiguiendo un diploma al haber sido seleccionada la obra.

-En las laderas de una colina, que se alzaba alrededor de una pequeña ciudad, crecía un bosque de pinos, que era el orgullo de sus habitantes. A él acudían cuando organizaban comidas campestres y para los niños era el lugar preferido de sus excursiones.
Hasta el verano pasado, su verdor no se vio nunca alterado, pero un fatal incendio (como muchos que se producen en esta época del año), salpicó de manchas negras ese terreno y secó muchos pinos. La rápida actuación de los servicios contra incendios y los muchos voluntarios que acudieron desde la ciudad hasta el lugar del siniestro, evitó un mal mayor, como la completa destrucción del pinar.
Aquel aspecto que ahora ofrecía el bosque “dañaba” de alguna forma la vista de la gran mayoría de los habitantes que gustaban contemplarlo y disfrutar de su ambiente. Ya no apetecían las excursiones y no se organizaban comidas en el pinar, su lastimoso estado no ofrecía el atractivo que hasta entonces había tenido.
Todo esto se comentaba en las tertulias, en los corrillos, e incluso en el periódico local pues un artículo animaba sobre la necesidad de acelerar la regeneración de ese parque natural. Esta inquietud fue haciéndose general y llegó hasta las autoridades locales, que inmediatamente se pusieron manos a la obra, acordando limpiar el terreno dañado y proceder a la plantación de nuevos pinos. Esta repoblación tuvo lugar entre los últimos días del otoño y primeros del invierno. Los recién plantados habían  sido entresacados en un lejano bosque de la alta montaña.
A pesar del contento y la bienvenida que les dieron los pino del lugar a los recién llegados, inclinando sus copas y hacer chasquear sus ramas, estos permanecían tristes y cabizbajos. La nostalgia de su anterior entorno, el largo viaje con sus raíces al descubierto y el esfuerzo en agarrarse a la nueva tierra, eran motivos que influían en el ánimo de éstos pequeños árboles. Fueron ocho o diez días lo que duró este abatimiento, pues sus frágiles troncos empezaron a enderezarse y el follaje de sus ramas ofrecía un color más vivo que los primeros días.
De este renacer, fueron también testigos; una familia de ardillas que todas las mañanas corretean entre ellos, los petirrojos que permanecen todo el año en el pinar y unos escandalosos e inquietos arrendajos.
Los pinos más viejos que les rodeaban, también estuvieron pendientes de ese abatimiento de los primeros días pero ahora a estos, no les hacían más que preguntar por todo, por ejemplo ¿ a que se debía el aspecto que tenían muchos de ellos, con sus troncos chamuscados y chorreras de resina que llegaban hasta el suelo ? y les cuentan el miedo y el dolor que les produjo el incendio. Miran a la ciudad y preguntan; ¿ que clase de montaña es aquella de formas planas y regulares, sin árboles, que echan mucho humo y que por el día principalmente, producen tanto ruido ?. Les dicen que son casas y calles en las que dentro y fuera, se mueven los humanos. El humo y el ruido, lo producen en su mayor parte con sus vehículos.

Una mañana de mediados de diciembre los nuevos inquilinos del bosque se despertaron alborozados  y contentos, preguntando una vez más a los mayores, si como ellos, habían oído la noche anterior una música muy bonita en la que destacaban muchas voces de niños, campanillas y panderetas. También si habían visto cientos de luces de colores que se alternaban en sus destellos. Les respondieron que ellos también vieron y oyeron todo esto y que se debía a que dentro de pocos días sería   Navidad, una de las fiestas más importantes del año y más entrañables. Los pequeños observaron que al nombrar esta fiesta lo decían con cierta tristeza y no correspondía al regocijo que ellos sentían ni a la importancia que ellos mismos le daban a la Navidad. Picados de curiosidad, les siguieron preguntando especialmente, por el motivo de esa tristeza. En principio guardaron silencio, pues no querían que se  asustasen con lo que a ellos les preocupaba. Fue  la insistencia la que hizo que los lugareños desvelaran sus temores, contándoles, que por estas fechas algunos desaprensivos cortan y se llevan  a sus compañeros más jóvenes y pasadas estas fiestas los tiran a la basura. Mientras los tienen en sus casas, con el pretexto de que los “adornan”, no hacen más que cambiar nuestras piñas, por unas bolas de colores chillones, frías y huecas. El brillo que producen las miles de gotas de escarcha y rocío cuando se deslizan por nuestras hojas en combinación con los primeros rayos de sol, lo quieren imitar con unas pequeñas luces que siempre están en el mismo sitio. Los finos hilos que tejen las  arañas entre nuestras ramas, los cambian por unas guirnaldas que casi los ahogan y ocultan su verdor.

A medida de que los pequeños iban oyendo estas cosas, también se empezaron a entristecer. No obstante al ir pasando los días y acercarse la fechas de Navidad sin que apareciesen personas a cortar alguno de sus compañeros, crecía la esperanza y aumentaba la alegría. Ellos no sabían que allí abajo en la pequeña ciudad, se habían dado cuenta del daño que hizo el incendio  y a partir de ahí, acordaron y se propusieron cuidar ” a tope ” los pinos que quedaron y los que luego plantaron. Dentro de ese acuerdo también entraba, el no cortar arboles de navidad. Así que el día veinticuatro, se llevaron un susto de muerte al  barruntar que se acercaba un numeroso grupo de personas. Al ir acercándose el gentío pudieron ver que no llevaban hachas ni otras herramientas, sino que portaban todo lo necesario para montar un belén, que lo dejaron colocado debajo del pino mas gordo del bosque.

En las primeras horas de aquella Noche Buena brillaron mucho las estrellas y estuvieron muy atentos de las notas de los villancicos y volteo de campanas que el aire les traía de la ciudad. Mas tarde se fue haciendo el silencio y un sueño de paz llenó al bosque y a la ciudad. A la mañana siguiente una ligera capa de nieve tapaba los corros y troncos negros que aún quedaban del fuego y la felicidad  fue completa en el pinar.

Raquel Martinez Montenegro

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MADRUGADAS DE OCTUBRE

Es muy temprano y delatadoras luces se van encendiendo en algunas ventanas y balcones del pueblo. El ruido de algunos motores que se ponen en marcha, altera el silencio que hasta hace unas pocas horas, sólo los ladridos de algún perro ha interrumpido intermitentemente. Ahora son varios los que reanudan sus ladridos casi al unísono, con toda seguridad, motivados por la intempestiva actividad que barruntan. Los causantes de estos movimientos; cazadores que se disponen a emprender una nueva jornada cinegética.
Ya en el monte y hasta llegar a los puestos, pasos apresurados sorprenden y mancillan a la madrugadora escarcha. Al poco rato de ser ocupados esos semicirculares y verdes parapetos, la tenue claridad del alba empieza a filtrase por la línea ondulada de las montañas. Este advenir pone al cazador en un estado de mimetismo y sigilo casi perfecto pues sabe que a partir de ese momento una bandada surgida del claroscuro del barranco, puede sorprenderle a pesar de estar escudriñando todo el espacio que le permite su prominente situación, o ha de estar a la escucha, por si desde algún otro puesto alguien da la voz de alerta ¡¡ PALOMAS ¡!
Estas andanzas se repiten, una y otra madrugada a lo largo del mes de octubre y no decae el ánimo aunque sean adversos los resultados o el tiempo.
¡Han sido muchos meses alimentando esta ilusión!.
Se ha gestado muchos planes en torno a estas jornadas con los amigos, con otros aficionados, reviviendo gratas situaciones de temporadas anteriores y que la perspectiva del tiempo pasado las ha sublimado en el recuerdo.

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REMEMORANDO TELÉGRAFOS

Un día, no hace mucho tiempo, bajo la desconchada placa de porcelana, donde todavía se leía “TELÉGRAFOS”, se agolpaban en mi memoria, muchos recuerdos relacionados con uno de los servicios que privilegiadamente tuvo nuestro pueblo muy tempránamente. después el ímpetu del teléfono como nuevo sistema de comunicación, fue acallando el característico repiqueteo morse, hasta su total desaparición hace ya varios años.
¡ Que curiosidad despertaba la transcripción de esos mensajes que llegaban en forma de puntos y rayas !. Se iban imprimiendo en una cinta estrecha de papel que alimentaba una bobina de latón y que el telegrafista pasaba en caracteres legibles, a un original formato azul con inalterable gesto, no dando pié a los presentes, para adivinar si el contenido del mensaje traía buenas o malas noticias, salvando así la ética profesional que a estos funcionarios caracterizaba.
De niños jugábamos a “interceptar” (ahora diríamos “pinchar”) los mensajes, pegando el oído a los postes de la conducción. La constante vibración de los hilos que el viento provocaba, se nos antojaban largos comunicados, que cada uno interpretaba a su manera con un gran derroche de fantasía e imaginación, compitiendo por el punto más lejano de su procedencia…
En la actualidad nuestros parajes están llenos de postes, torretas, antenas y apenas reparamos en ellos a excepción de cuando los vemos como una maraña que altera el entorno, pero hace varias décadas el poste de telégrafo, se erigía casi en solitario y en sus hileras se apreciaba, no a la instalación por la que corrían las pulsaciones eléctricas, si no una especie de camino o enlace entre dos o más puntos que lo hacían más tangible y elemental. Aún tengo presente la sensación o atractivo que en especial me causaba la visión de estos postes por lugares como la “Era aAta” y el “Cabezo” ya que desde allí y con los ojos de niño les daba una proyección infinita.

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LA BANDA MUNICIPAL DE MUSICA

La época estival llena el calendario de fechas festeras en las cuales el elemento principal es la música: orquestas, gaiteros, bandas, charangas, conjuntos, etc. Nuestras fiestas patronales en honor a la Virgen del Carmen están dentro de este encuadre preliminar y son por tradición un claro exponente de esa conjunción de grupos musicales antes mencionados. Recurro a esta evocación de la música al coincidir el inicio de la celebración de nuestras fiestas patronales para rescatar del baúl de los recuerdos aquel proyecto y hecho realidad, de una banda de música municipal, que empezó sus ensayos en los primeros años de la década de los 40 manteniéndose su formación hasta  los finales de los años 50.
Desde un principio fue dotada de un buen número de instrumentos con partidas presupuestarias del ayuntamiento. La prenda identificativa de los miembros de la banda consistía en una gorra de plato de color azul marino con la característica lira dorada.
¡Cuántas tardes domingueras amenizó el baile de la plaza! ¡Cuántos pasacalles y dianas anunciaban días de fiesta!, y los balcones y ventanas se abrían a su paso llenándose de animosos espectadores que disfrutaban de las notas y acordes, al mismo tiempo que la chiquillería la seguía saltando y simulando compases cual improvisados directores.
Por aquel entonces la “música enlatada” no estaba al alcance de la mayoría y cualquier evento musical, por lo general de carácter público, era recibido con gran expectación y regocijo.
Los desfiles procesionales eran acompañados por la banda con la interpretación de marchas, dándole a los mismos una solemnidad muy especial.
El 22 de noviembre de cada año Santa Cecilia fue una fecha a celebrar por la banda de una manera destacada haciendo partícipe de esa celebración al vecindario en general, con interpretaciones extras y bailables.
Hoy todo esto es un recuerdo en color sepia pero sin olvidar que hubo un tiempo, que los más vivos colores rodearon estos acontecimientos y es posible que muchos de los protagonistas y contemporáneos, así lo mantengan aún en su memoria.

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¡PALOMAS! ¡PALOMAS! ¿PARTE DE LA CULTURA DE NUESTRO PUEBLO?

Se acaba de abrir la veda de caza y nos hallamos en pleno ciclo en que las palomas torcaces atraviesan nuestros cielos y montes, siendo estos últimos una especie de “parada y fonda” en su larga y espectacular travesía. Por cierto, cada vez estas paradas son más efímeras y ello ha hecho que modos y artes que años atrás se empleaban en la caza de estas aves, hayan ido desapareciendo poco a poco. En el abandono de dichas prácticas también han tenido mucho que ver, las normas y las leyes que las reprimen y prohíben en la mayoría de los casos.
Estas modalidades se llamaban: a parado, a la dormida, al agua y con reclamo. Los reclamos eran unas palomas que se ataban al extremo de una especie de balancín que se accionaba desde el aguardo con un sistema de cordeles que se llamaban cimbeles. También estos señuelos se sujetaban en otros artilugios que aquí se conocían con el nombre de holgueras y consistía en una pequeña plataforma que se abatía por la mitad con el mismo sistema de cordeles que el anterior y que volvía a su posición normal por la distensión de un muelle. Ambos sistemas de reclamo se ponían en funcionamiento, cuando se aproximaba una bandada. En el primero se tiraba despacio del cordel y se elevaba el balancín dejándolo caer de repente, por cuya acción, la paloma daba unos aletazos y simulaba una parada. Había muchas probabilidades de que este movimiento atrajera a la bandada y se posasen junto al reclamo o en los árboles de alrededor. La maniobra de la holguera, no era tan aparatosa pero perseguía el mismo fin.
En buena parte de nuestro montes y por supuesto en puntos estratégicos, tenían su enclave estos puestos o aguardos y se les conocía (aún hoy perduran) con sus nombres propios: el puesto de canario, el de Teófilo, el de Faces, puesto invierno, puesto del tío Pedro…
El del tío Pedro fue el que cerró la etapa donde se practicaban las tradicionales artes definidas. Por razón de lazos familiares con el referido, puede compartir algunas jornadas de caza en el ambiente que se desarrollaba en un aguardo de estas características. El que nos ocupa, estaba situado en un bello paraje que se llama “rioperdido”. Este recinto cubierto de ramas y pedazos de césped tenía unos ocho metros cuadrados. En todas las direcciones tenia abiertas unas pequeñas mirillas. En su interior veías colgadas: parrillas, sartenes, unas jarras de porcelana y una ancha tapa de aluminio que servía de “plancha” para asar amizcles y champiñones. También en una especie de estante había bolsas y frascos con sal, azúcar, pimentón, café e incluso una botella de coñac. Saltaba también a la vista la abultada y lozana bota de vino colgada en una rama (este era su estado a primeras horas de la mañana) pero iría perdiendo rigidez a medida que trascurría el día, pues manos “persistentes” terminarían por dejarla exhausta al declinar la jornada.
Al amanecer se colocaban las palomas del reclamo y se tensaban las cuerdas de los cimbeles. Se hacía fuego en el interior para que a la hora del almuerzo y comida se pudieran asar y cocer, algunas de las viandas que harían las delicias del día: tocino de úntuma o panceta, careta de cerdo, chuletas, algunas setas de las antes mencionadas que se recogían por aquellos alrededores y cocer un puchero de patatas con chorizo, el cual se subía de casa preparado, solo a falta de echarle agua y que era recogida en el manantial que allí cerca brotaba.
Pendientes ya de barruntar las primeras bandadas, se tomaban posiciones en las mirillas y se redoblaba la vigilancia agarrando los cordeles, dispuestos para accionar los cimbeles. Si se conseguía atraer a las palomas la emoción alcanzaba su máxima expresión, te obligaba a contener la respiración y el aleteo y alboroto que organizaban al posarse, te aceleraban el ritmo cardiaco. Sin separar la vista de la pieza que creías “más a tiro” se empuñaba la escopeta con todo sigilo, se esperaba que los demás concurrentes asintiesen con un gesto, que también estaban dispuestos y a la de tres, se disparaba. La salida a por las piezas abatidas era más que precipitada y una vez recogidas, la hazaña solía celebrarse con un “envite” a la bota.
Aprovechando algún rato, que el paso se paraba, era el momento “echar un bocado” o almorzar, que muchas veces era interrumpido con la voz de ¡palomas!
A medida que avanzaba la mañana, la vigilancia había que alternarla, entre las palomas y el puchero de patatas que arrimado al fuego empezaba a hervir y ¡emanaba unos efluvios…!
Llegaba la hora de comer, en corro y alrededor de la lumbre, se empezaba a destapar las fiambreras y compartir sus contenidos amen del plato común de las patatas con chorizo, humeantes y sabrosas. Todo ello entre intermitentes idas y venidas de la bota y jocosas conversaciones, que al final te sumían en un sopor gratificante.
Las tardes, por lo general, solían ser más tranquilas e incluso algunos abandonaban el aguardo buscando sitios idóneos para la caza “a la dormida”.
Después se recogían los reclamos, se apagaba el fuego y ¡hasta el próximo día!
Pero un jornada de caza no terminaba con lo relatado hasta ahora. Por la noche en los bares y casino se intercambiaban relatos y situaciones que algunas de estas historias podían competir con los relatos más fantásticos de la ciencia ficción…También los disparos bucales te venían en todas las direcciones.
Entre los tertulianos, había muchos y buenos cazadores. Algún que otro teórico que conjugando fases lunares, dirección del viento y otros agentes atmosféricos, así como puntual información recibida de Navarra (el paso de Navarra el día anterior, condiciona en buena manera, lo que puede pasar al día siguiente por aquí), se podían permitir la osadía de predecir algunas veces con rigor que harían las palomas en la siguiente jornada. Todos estos pronósticos servían a muchos para hacerse su composición de lugar para el día siguiente. A veces si la predicción estaba avalada por otras informaciones que se “filtraban” entre los corrillos, no se esperaba al día siguiente y de allí mismo se salía zumbando a ocupar los puestos pretendidos.
Parte de las vivencias y situaciones que aquí se recuerdan, hoy todavía acontecen . Es por lo que me atrevería a decir que; el tema de las palomas, forma parte de la cultura de nuestro pueblo y con unas connotaciones sociales, que se remontan a muchos años atrás. En mi poder tengo una carta fechada en octubre de 1889 y dirigida desde Méjico, en la que el remitente, rememora un día de caza de palomas en el paraje conocido como “ la cofradía” haciendo alusión al “puesto de faces” allí localizado.

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BELENES ROTOS

Estas fechas que rodean a la Navidad suelen ser propicias para hurgar en los recuerdos. Hoy viene a mi memoria el “belén” que una buena señora me regaló cuando era niño. Vaya por delante, que este regalo me hizo mucha ilusión, pues no eran tiempos que abundasen estos conjuntos representativos de la Navidad.
He dicho belén entre comillas, dado que se trataba de unas pocas figuras sueltas; tres o cuatro ovejas, dos pastores, un par de ángeles, los tres reyes, pero ningún miembro de la Sagrada Familia. Dichas figuras estaban bastante deterioradas y uno se podía imaginar que a la buena señora, en algún momento el conjunto entero se le escurrió de las manos…
Los mayores desperfectos se apreciaban, sobre todo en las extremidades, que suelen ser las partes más frágiles. No obstante con “pegamil” (entonces no había loctite), imaginación y mucho musgo, el belén llegó a ofrecer un peculiar encanto. Según el grado de daño que tenía cada figura, era más o menos hundida en el musgo. Por ejemplo, cuando dos de los tres reyes parecía que iban de camino, el otro daba la impresión que el camello se hubiera reclinado para que se subiese o bajase el rey. Los ángeles, el que les faltase más de medio cuerpo, pasaban más desapercibidos, pues estábamos acostumbrados a verlos en nuestros retablos, que son unas cabecitas con alas.
Las otras carencias, como el portal, la Virgen, San José, el Niño junto con la mula y el buey, recuerdo, se completaron con unos recortables de papel.
Pero esta retrospectiva tiene como objeto principal, poner título a ¡tanto! belén roto que en este momento hay en el mundo. Ahí tenemos distintos focos de guerra en casi todos los continentes. En varios países africanos se masacran hasta el exterminio de etnias enteras. Se condenan al hambre y a la muerte a miles de seres, mientras se destruyen alimentos y se restringen cultivos con miras mercantilistas.
Se respira todo un ambiente radicalmente contrario a la Navidad. Una negación de la paz y una especia de cultura de la muerte. Se trafica con ella; armas, droga, experimentos secretos. Se legisla en pos de ella; aborto, eutanasia… Y como en el belén del relato que nos ha servido de preámbulo, los elementos más débiles del conjunto, son los malparados como; los niños, los pobres y también el pueblo liso y llano que es incitado y llamado a sacarles las “castañas del fuego” a los fuertes, a los instalados, a esa clase privilegiada que pare patrias y levanta cruzadas, que suelen ser pretexto para conservar o aumentar sus predios.
Otra dimensión del belén, como la familia, es socavada alevosamente con medios muy sutiles pero demoledores. Se fomenta su dispersión; estudios, trabajo… Hay cicatería en la ayuda social hacia ella. El escarnio de sus valores tradicionales, es cotidiano, sobre todo en los medios audiovisuales.
Los pequeños pueblos se solían considerar como baluartes de la familia pero ¿a qué los hemos reducido? Conocemos pueblos en los que ya no hay niños. Son belenes rotos, les falta el niño. La mula, el buey y las ovejas, ya no pastan por los prados de alrededor. Y estas privaciones nos dejan también si pastores…
No parecen propias estas denuncias desde la dimensión de fiesta en la que estamos instalados, pero en razón de lo poco o mucho que podamos aportar en la recomposición de estos belenes rotos, celebraremos mejor la Navidad.

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